Viajar no sirve para nada

Busco billetes  de avión para las vacaciones del 1 de mayo en China. Iré a Taiwán a ver a mi novia. Mirando itinerarios y encajando vuelos recuerdo lo poco que me gusta viajar.

“Extraño que no te guste –pensarán ustedes–. Vives en China.” Pues sí. Y es que vivir en diferentes lugares me encanta. Aprendo, acumulo experiencias que jamás habría podido tener –padecer a veces, disfrutar las más– en Ferrol. Pero viajar no tiene nada que ver con eso. Al menos viajar en los tiempos que corren.

Las compañías de viaje –y, en realidad, toda la sociedad del bienestar primermundista– siguen vendiéndonos la moto de que viajar es la clase de actividad que convierte nuestro ocio en algo productivo. Se aprende –nos dicen con voz de quien gasta su tiempo en cosas útiles–. Se ve el mundo y –aquí la más peligrosa de las mentiras– se abre la mente.

Le dice Indra -Rey de los dioses y amo del firmamento hindú- a Rohita en el Brahmana:

“¡No hay felicidad para quien no viaja, Rohita!
De tanto permanecer en la sociedad de los hombres,
hasta el mejor de ellos se echa a perder.
Ponte en camino.
Los pies del caminante se transforman en flores,
su alma crece y da frutos
y la fatiga del viaje limpia sus vicios.
La suerte de quien se está quieto no se mueve,
duerme cuando él duerme
y se levanta cuando él se despierta.
¡Ahora vete, viaja, Rohita!”

Qué ciertas y hermosas palabras. Pero responden a una realidad que apenas existe hoy en día, sino cuando Marco Polo tardaba un año en llegar a Beijing. ¿En qué hemos convertido el viaje? Salimos de casa a la hora X cargados de maletas y cámaras digitales de foto y vídeo. Por el camino, en vez de observar cómo cambia el mundo paulatinamente, cómo las costumbres del hombre varían para adaptarse a un medio diferente al nuestro, dormimos, comemos horrible comida de avión metida en cajas plateadas y vemos la última película de Disney. Llegamos al otro lado del mundo a la hora X + 15. Vamos a un hotel exactamente igual a los de nuestro país –de acuerdo, tiene cuadros exóticos y los recepcionistas otro color de piel–. Durante una semana, quince días como mucho, corremos de un lado para otro visitando lugares explícitamente preparados para turistas como nosotros, comiendo en restaurantes en los que, sospechosamente, la mayoría de los clientes son de nuestro color, tamaño y condición, y señalando a una foto en la pared para pedir la cena. Ninguna relación con los nativos, que se limitan a vendernos las entradas de los museos y los espectáculos de bailes locales que ya nadie baila y a servirnos la comida con la mejor de sus sonrisas. Si algo no nos gusta, siempre tenemos un Mcdonalds a mano.

A eso se reducen la mayoría de los viajes de hoy en día. Pero como es un tópico aceptado por la sociedad primermundista que viajar es sano y abre la mente,  volvemos a casa con la pretensión de haber visto un país (en quince dís ni San Marino, seamos serios) y, sobre todo, de haberlo comprendido, aunque sea parcialmente. Se viene uno a China en el puente de la Constitución y se vuelve a casa dando explicaciones a diestro y siniestro: “No, pues los chinos hacen tal”, “No, pues en China cual está fenomenal”…

Los países, sobre todo los que dependen del turismo para sobrevivir, se convierte así en parques temáticos para occidentales y japoneses en los que los habitantes nativos son una parte más del decorado y la cultura algo que se vende en los tenderetes. Podemos darnos una vueltecita por el Amazonas con guías indígenas, cruzar el río congo en Canoa con un remero negrísimo y viejo que masca extrañas raíces y comer hormigas en Vietnam. ¿Pero en qué viaje moderno tiene uno tiempo, posibilidades y capacidad de hablar –de hablar de verdad, no sobre la salsa del besugo– con la gente? Una cultura se conoce a través de la gente que la vive y no de las fotos posando en monumentos ilustres. Al volver criticamos que en China se escupa en el suelo, que los negros de áfrica vayan medio desnudos y que los indios en Perú nos miren con rencor de quinientos años, porque el haber comprendido –ay– nos da derecho, creemos, a valorarlo todo.

El viaje ha perdido su sentido completamente. Es divertido, y no digo que esté mal, pero no enriquece el espíritu. Es una industria más, y su cómplice es la guía Lonely Planet, pero eso lo explicaré otro día. Casi nadie se sale de las rutas establecidas, porque es incómodo y difícil moverse sin guías, sin señales, sin plan previo. El equivalente actual al viejo modo de viajar, al viaje que abría la mente,  es vivir fuera y empaparse de todo lo nuevo que nos aporte la experiencia. Y aún así no es infalible: conozco una tipa que se pasó tres años en China y no aprendió una palabra de mandarín, idioma que empezó a estudiar cuando se trasladó a Francia. Ver para creer. Pero ya lo decía Lao Zi: “Sin mirar por la ventana puede comprenderse el sentido del cielo.” Es decir, no hace falta viajar, ni vivir fuera, sino mirar hacia dentro, para conocer lo importante de la vida. Que viaje Rohita si quiere.

Eso sí, yo me voy encantado diez días a Taiwán. No por el viaje –que también, el lugar es una maravilla– sino por mi novia.

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2 Respuestas a “Viajar no sirve para nada

  1. “Una cultura se conoce a través de la gente que la vive y no de las fotos posando en monumentos ilustres.”

  2. Exactamente 😉

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