Amor y poesía (Marcela de Juan)

Lo bueno de la poesía es que, si escoje bien el libro, uno siempre encuentra un eco de lo que siente, y puede poner a sus propias emociones palabras que nunca hubiera encontrado por sí mismo.

En estos momentos de desamor y soledad –aliviada esta última por la visita, de la que hablaré en un próximo artículo, de mi amigo y maestro de karate Noda– he escogido esta mañana de domingo para releer algunos poemas de la Seguna antología de la poesía china llevada a cabo por Marcela de Juan y que recomiendo a cualquiera, sea o no aficionado al género. El día es gris y frío. Ayer escuchamos un conciertito de jazz muy alegre en una de mis cafeterías favoritas, y me he levantado contento y con ganas de disfrutar de mi propia pena a través de lo escrito por otros.

Si hay algo que la poesía china refleja con especial inteligencia es el amor en todas sus fases. Aquí tenéis, hablando de pena, imagen de la esclavitud del enamoramiento en una canción popular del Periodo de los Tres Reinos (221-224):

Tengo pena y no tengo alegría,

quisiera ser tu fusta;

cuando sales, cuelga de tu brazo;

cuando te sientas, pende junto a tu pierna.

A mí, dadas, las circunstancias, me interesa más la última fase de la relación que la primera. Hay poemas para todo; he aquí una poesía anónima de la antología El harén del Palacio de Wei (siglo VIII a. C.):

Sopla el viento helado del Norte.

Me mira y sus ojos son fríos.

Mira y sonríe, y luego se va.

Mis penas envejecen.

Sopla el viento levantando polvo.

Juró que vendría mañana;

sus palabras son dulces, mas no cumple sus promesas.

Mi corazón se enfría.

Todo el día sopló el fuerte viento,

y hoy no ha salido el sol.

He pensado en él tanto, tanto…

Mi sueño se ha ido.

Noche de negras nubes,

el trueno no nos trae la lluvia.

Me despierto y todo está oscuro.

Mi tristeza es sólo mía.

Perfecto. ¿Quién no ha sentido alguna vez algo así? Casi tres mil años de diferencia y puedo reconocer algo de lo que refleja en mi propia experiencia actual. De repente, algunas páginas más adelante me encuentro con un señor que se llamaba Kao Che y que escribió sobre mí alrededor del siglo VII:

Hace frío en la posada. Solo estoy, desvelado, ante mi lámpara.

Mis pensamientos punzan el corazón del caminante.

Esta noche, yo pienso en mi tierra, a mil leguas de aquí.

Y mañana mi cabello gris parecerá tener un año más.

Y por último, ya que es domingo y más de uno estará pagando las consecuencias de una noche truculenta de música alta y copas cargaditas, les regalo una justificación a los excesos cometidos, para que podáis decirle a mamá o a vuestra pareja cuando os mire con reprobación:

¡Campanas y tambores, banquetes, galas! ¡Todo eso nada vale

comparado con la embriaguez eterna, sin nunca

despertar!

Los cuerdos, los austeros, se quedan solos y olvidados,

mientras el bebedor despreocupado dio su nombre a la

fama.

Puede que se preocupen un poco al principio, pero después de pensar sobre lo que les habéis dicho comprenderán que no pueden contradecir al gran Li Bai, por mucho que viviera en el siglo VII.

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2 Respuestas a “Amor y poesía (Marcela de Juan)

  1. noo no voyy a copiar la poesia por qe esss muiii larggaaa

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