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McCourt, el profesor

Acabo de terminar de leerme El profesor, de Frank McCourt, ese que venía leyendo en el avión. Muy bien escrito, nos introduce a golpe de anécdotas llenas de significado en el mundo de un profesor de enseñanza secundaria en la ciudad de Nueva York. El autor, irlandés y apaleado, hombre de vida poco convencional, ajeno a lo que su entorno consideraba una carrera exitosa, vivó una constante pelea de enamorado con la enseñanza.

Y quizás sea lo más interesante del libro esa pasión, auténtica y profunda, que desborda la mera anécdota. A pesar del distanciamiento que dan la edad y los años de experiencia, a pesar de las malas pasadas, los momentos difíciles, la frustración, el autor escribe sobre sus alumnos con amor. Sí, como lo oyen: McCourt reconoce querer a sus alumnos.

Y me alegro de que lo diga con sinceridad, porque en un mundo, como el de la docencia, llena de miedosillos que se hacen profesores por el sueldito fijo y las horas libres, es de agradecer encontrar una voz que, sin ñoñería, apuesta por una labor vocacional, por la entrega, por el único modo de enseñar respetando de verdad al alumnado, a la institución y, por supuesto, a uno mismo. Algo que se da de bofetadas, claramente, con la figura del funcionariado docente que prevalece en la educación española. El estado aspira a que todos los profesores sean gorditos satisfechos, vaguetes que lean lo menos posibles y que se dediquen a repetir, durante toda su vida profesional, los apuntes -conseguidos con enorme sufrimiento y muchos colorines para subrayar- de la carrera. Gracias a Dios, a veces se les cuela alguien decente. Pocas, pero pueden cambiar la vida de un niño.

Quisiera compartir con ustedes un fragmento. McCourt se encuentra, diez años después, con un alumno rebelde, molestón, graciosete. Se da la siguiente conversación:

Hizo una pausa y se me quedó mirando.

-Señor McCourt, a usted no le caía bien, ¿verdad?

-¿Que no me caías bien, Bob? ¿Estás de broma? Era una alegría tenerte en mi clase. Jonathan decía que ahuyentabas la tristeza.

Díselo, McCourt, dile la verdad. Cuéntale cómo te alegraba los días, cómo hablabas de él a tus amigos, lo original que era, cómo admirabas su estilo, su buen humor, su sinceridad, su valor, cómo habrías vendido el alma a cambio de tener un hijo como él. Y dile lo hermoso que era y que es en todos los sentidos, cuánto lo querías entonces y cuánto lo quieres ahora. Díselo.

Se lo dije, y se quedó sin habla, y a mí me importaba una maldición gitana lo que pensara la gente que pasaba por Lower Broadway cuando nos vieran fundidos en un largo abrazo, el profesor de secundaria y el grandullón judío afiliado a los futuros Granjeros de América.

¡Hermoso un alumno! Ya veo alguno de esos profesores de secundaria de los que hablaba antes, esos que ya tenían el alma mansa y opositora en la guardería (cuidado que no los meto a todos en el mismo saco), piafar, darse codazos, llamar pringado al señor McCourt, porque en su opinión el alumno es un ser incómodo que se interpone entre ellos y el sueldo, entre ellos y el sofá, entre ellos y las posesiones terrenales -coches, casas…- y el gustito que tenerlas por doce horas de nada a la semana.

Pues hay alumnos hermosos –por supuesto no todos– personas radiantes de juventud y de inocencia, y es bonito que por un año o dos formen parte de tu vida. Y no hablo de los alumnos excelentes, de los que quieren aprender y escuchan cada una de tus palabras, porque de esos hay muy pocos y no bastan para darle sentido a la labor de un profesor motivado. Hablo también de aquellos que están despistados, que no saben qué quieren hacer de su vida, que van a tu clase porque hay que ir, y se aburren. Me gusta verles con cara de sueño, bostezando, riéndose de ti porque llevas la camisa mal abrochada, con las ojeras violetas después de una noche interminable de karaoke. Aunque a veces me enfade, me frustre, me desespere, porque la enseñanza es un trabajo difícil, y hay alumnos que pueden hacerte sentir realmente mal.

Encuentro en ellos, supongo, algo muy sutil y muy frágil, algo que mucha gente de mi edad ha perdido por el camino. Algo que el señor McCourt tenía todavía a los sesenta y pico, cuando escribió su libro. Algo que hace que los típicos amigos formalotes aprieten los labios y hablen de madurez y de responsabilidad. Puede que sea infantil, pero uno de mis objetivos vitales en mantenerme lejos del escepticismo todo lo que pueda, llegar a los 80 y ser capaz de apostar por la gente, de querer a un alumno, y de decirlo.

Así que sí, quiero a mis alumnos. Cuando llego a una clase nueva por primera vez tengo siempre un nudo en el estómago, y si no es nueva el nudo es más grande todavía. Acaba el verano y tengo ganas de verles, y me gustaría saber chino para preguntarles qué tal ha ido todo, cómo se lo han pasado. Me encanta que me escriban en el Facebook, que me manden un email años después de dejar la universidad, que me inviten a tomar un café, que aprueben después de suspender y vengan a enseñarme la nota y a darme las gracias por algo que es mérito suyo, que se pongan contentos cuando pueden mantener una pequeña conversación en español conmigo, que cotilleen sobre mi vida privada, que me digan que he engordado y que me toquen el pelo porque lo tengo rizado, que me pierdan –un poco– el respeto y que hagan bromas a mi costa. Es parte de la docencia, de lo que tanta felicidad me dio cuando yo era un estudiante, del aprendizaje de la vida.

La semana pasada, E., una alumna muy distraída y muy vaga, pero muy divertida, que consiguió aprobar en el último momento, vino después de la primera clase a recordarme que le prometí invitarla a comer en la universidad si sacaba más de un seis.

Y pago la apuesta feliz de haber perdido.

Un profesor en un avión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribo desde el aeropuerto de Hong Kong. Despedida oficial del verano, y de un diario que, no me engaño, ha dado poco de sí. Los últimos días en Madrid han sido una locura, como siempre: mucha gente que ver y poco tiempo. Aun así he conseguido ver a mi hermana Sara –fácil, siempre me quedo en su casa–, visitar a mis primos Vicente y Maite y a su hija recién nacida Teresita, visitar en mi cole a Ángel Rodríguez, mi ex profe de literatura y, el último día, desayunar con Jose Luis, comer con Carlos, tomar el café con Alejandro, cenar con Mónica y Silvia y otro café más con Crispi antes de hacer las maletas y dormir dos horas para después coger en Barajas el primero de tres aviones.

Los dos vuelos que por ahora llevo han sido tranquilos. Otra cosa ha sido el cambio de avión en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, que es, de lejos, el peor de todos los que he visitado. No solamente por las colas kilométricas en los pasos de seguridad, sino porque los trabajadores con los que me he encontrado han sido de lo más antipático. La de los pasaportes, negra; el del cacheo, indio o pakistaní; caucásica la de las bandejitas… Todos bordes. “Bienvenidos al Charles de Gaulle, donde todas las razas olvidan sonreir.” Una gozada.

He visto, en vuelo, la película La clase, sobre un profesor de lengua y literatura francesas en un instituto conflictivo de París. Interesante. Nada que ver con la típica historia, tan sobada por el cine americano, de profe guay que se gana a sus alumnos malotes y los convierte en poetas o bailarines o músicos y da sentido a sus vidas. Aquí el profesor se cabrea, pierde los papeles, insulta a los alumnos… Lo pasa mal, vamos, y enseña también las uñas y las impefecciones, y los miedos y las vilezas que todos llevamos dentro, y sobre todo la inseguridad que un tío que se sabe observado por cuarenta personas que juegan siempre a buscar sus límites.

Da la casualidad, además, de que estoy empezando a leer El profesor, de Frank McCourt, donde el autor de la archileída novela Las cenizas de Ángela habla de sus 30 años como profesor de lengua y literatura inglesas en los institutos de Nueva York. Los primeros capítulos son interesantes –veremos si no se repite demasiado, que aún queda mucho libro–. Incide también en lo decepcionante que puede llegar a resultar la docencia, lo frustrante que es entusiasmarse enseñando y chocar constamente con el muro de la desmotivación y la indiferencia del alumnado. Tanto la peli como el libro me han recordado lo afortunado que soy por ser profesor en Taiwán, donde los chavales son, por lo general, muy agradables.

Eso que suena es el aviso de embarque de mi vuelo. Hoy no soy profesor, sino habitante de los aeropuertos, así que tengo que hacer caso de las voces. Madre mía, un minuto y la cola ya se ha puesto imposible.

¡Feliz inicio de curso a todos!

 

 

Diario de verano II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No hay manera de acertar con los libros últimamente… ¿Recuerdan El tercer policía que iba a empezar cuando escribí mi última entrada? Pues lo paso fatal leyéndolo. Es un libro que está muy bien escrito, y el argumento es muy divertido, pero tan delirante que… Me provoca pesadillas por las noches. Suena raro, lo sé, pero se ve que me revuelve el inconsciente. Lo he dejado a la mitad a la espera de unos días en los que esté más relajado.

Empecé después una biografía de Marcel Proust que ha escrito un tal Diesbach y que se llama… Marcel Proust. Pues todo lo que tiene el título de simple le falta después a la prosa. Qué alambicada, retorcida, pedante, qué imágenes más cursis, qué ganas de ser más Proust que Proust… Un tostón horrible, seiscientas páginas en las que el autor describe con una morosidad insoportable hasta los detalles más pequeñitos de personas que coincidieron con Proust en dos o tres fiestas de nada. No soporté ni cien páginas.

Así que he ido a lo seguro, y me he comprado Diez negritos, de la tramposa de Agata Christie, traducido ahora, más acertadamente, como No quedó ninguno (el título original es And Then There were none). Me lo leí a los catorce años y me encantó. A ver cómo resiste el paso del tiempo. Ya les contaré.

Desde que estoy en España he redescubierto la tele. Allí en Taiwán, como no la entiendo, no la enciendo. Mano de santo, la ignorancia. Aquí caigo en la trampa, zapeo, me abstraigo, desespero. Me he fijado en una cosa: ¿se han dado cuenta que los tertulianos de la tele, en especial los del corazón, están deformados de tanto gritar, insultar, mentir, acusar, despreciar, descuartizar, señalar y maldecir? Vean uno de esos programas de tripa rosa sin volumen; observen las venas de la frente, los ceños lobunos, los colmillos goteantes de saliva, las manos crispadas, los ojos inyectados en sangre. Mis favoritos coinciden en el mismo programa, La noria: son María Antonia Iglesias y Enric Sopena. Saquitos de bilis. Un día, de la presión, les va a saltar un ojo como el corcho de una botella de cava.

Háganme caso: vean esos programas sin volumen, con Carmina Burana de Carl Orff como banda sonora. Lo que dicen, nunca –nunca, nunca, nunca– merece la pena, y verles retorcerse en versión muda es como contemplar un auténtico retablo de monstruos. Sentirán usted auténtico terror, y quizás no vuelvan a caer en la tentación de intentar escuchar a tamaña banda de…

Viva Agata Christie.

Diario de verano I

Ya estoy en suelo patrio. Llevo aquí una semana exacta, y todavía no he salido del todo de la nube de estupor que me provoca el famoso jet lag. Estoy en Galicia, pero el domingo me vuelvo a Madrid para participar en un congreso de hispanistas que se celebra en Alcalá de Henares. Viene Francisco Ayala, con sus ciento y pico añazos. También me reencontraré con una antigua alumna de China que ahora estudia un máster en Barcelona.

La aldea se conserva como siempre. Poca gente –el tiempo, oscilante, no invita a la playa– corredoiras vacías, moras casi en su punto en las silveras  y una vaca –¿la última de Covas? Espero que no–, justo frente a mi casa, que muge todas las tardes para que la vengan a recoger cuando se cansa de pastar al sol. Vida. Es bueno volver y mirar la luz del faro de cabo Prior antes de dormir.

Ayer terminé de leer los seis primeros libros de los Anales de Tácito, que forman el primero de los dos volúmenes en los que la editorial Gredos los publicó. Es muy interesante, pero he echado de menos a Suetonio, que en su Vida de los doce césares se comporta como una auténtica portera y cuenta todo con pelos y señales, hasta lo más truculento. Su Tiberio es mucho más divertido, más cruel, más degenerado… Funciona mejor como malo. Eso sí, la prosa de Tácito es casi perfecta: sobria y elegante. Un gustazo.

Hoy empezaré El tercer policía, de Flann O’Brien, que Susana, la librera de Hiperión –gallega, por cierto–, me ha recomendado. Me tiene el punto cogido y siempre acierta: sé que me lo pasaré bien. Me espera en la recámara la famosísima trilogía Millenium, con sus tres tomacos tamaño buque destructor. A ver si me enganchan. Como siempre que vuelvo a España, releo antes de dormir tres poetas, así al tuntún, según se abra el libro: San Juan, Pessoa bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, y Fernández de Andrada. Su Epístola moral a Fabio es una de las joyas de la literatura española y un ejemplo de lo que podría ser Europa ahora si el humanismo hubiera prevalecido. Es una llamada a la virtud de la vida humilde, y siempre me siento mal cuando llego a los siguientes versos:

¡Mísero aquél que corre y se dilata

por cuantos son los climas y los mares,

perseguidor del oro y de la plata!

Un ángulo me basta entre mis lares

un libro y un amigo, un sueño breve,

que no perturben deudas ni pesares.

Cierto es que yo no corro detrás del oro y la plata, y que si así lo quisiera nunca hubiera elegido la carrera de profesor, y que las deudas no perturban mis siestas allá en Taiwán, pero no son pocas las veces que me pregunto qué pinto yo en una Isla del Océano Pacífico en lugar de recogerme en esta aldea a leer, a pasear con mi familia y mis amigos… A veces me gustaría mugir para que vinieran a recogerme, no lo niego. Pero sé que es un espejismo de veraneante, y que cada vida tiene sus cuitas, y que si yo estuviera aquí todo el año no me iba a parecer tan bucólico el asunto.

Bueno, pues aquí estoy. Prometo cumplir con el blog, llenarlo, aunque sea, de comentarios intrascendentes como los de esta primera entrega del diario de verano. Libros y vida campestre, no esperen otra cosa.

¡Saludos!

Amiguetes que traducen

¡Ah, el blog! Últimamente estoy tan ocupado que apenas me acuerdo de él, y cuando lo hago es para sentir una punzada de remordimiento. ¡Más de un mes sin escribir una línea! El fin de la primavera es un mal momento para los profesores. El curso avanza pacífico como un río, pero cuando llega a su trecho final se precipita en una cascada incontenible de pequeñas obligaciones: reuniones, preparación de exámenes, correcciones, alumnos nerviosos –generalmente los que no se han asomado por clase–. Los chicos del máster no me dan problemas, pero la clase de gramática, con sus 80 pasajeros, es un barco difícil de dirigir.

Si a eso se le suma una época complicada en lo personal y grandiosa en lo literario, apaga y vámonos. Y no menciono la literatura porque esté escribiendo una obra maestra, sino porque estoy leyendo cosas que me absorben. Jung, por ejemplo. ¡Qué descubrimiento! No puedo parar de leer y tomar notas, y en eso se me van los días. Pero hoy no escribo para hablar de esos asuntos, aunque también son literarios los que me traen por aquí. Vengo a presumir de amiguetes traductores.

El primero de ellos es ya un viejo amigo. Lo conocí en Coruña, estudiado la carrera. Después el destino nos separó, pero seguimos poniéndonos en contacto de vez en cuando: algún email, algún comentario en nuestros respectivos blogs. El grupo de amigos al que ambos pertenecíamos –aquellos fueron días divertidísimos, de grandes descubrimientos literarios, gracias a la guía de nuestro común profesor, David Pujante– no se reúne ya, pero el aprecio que siento por casi todos sus miembros permanece intacto.

Alfonso Cazenave –así se llama mi amigo traductor– era uno de ellos. Ahora es profesor del Instituto Cervantes en Varsovia. Siempre ha sido un tío interesante. No hace falta más que ver sus fotos para saber que es un artista. Pues Alfonso, decía, publicó hace unos meses la traducción del libro De camino a Babadag, del novelista polaco Andrzej Stasiuk, en la editorial Acantilado, ni más ni menos. Los que leéis conocéis de sobra la editorial: es una de las más importantes del panorama nacional, y tiene un catálogo de títulos espectacular. Así que me apetecía contároslo, porque estoy orgulloso de mi amiguete Alfonso. Yo me lo leo este verano sin falta.

El segundo de mis amigos traductores se llama Luis Roncero, y es una máquina. Lo conocí aquí en Taiwán, donde es casi una leyenda. Tiene mi edad, pero lleva estudiando chino desde la adolescencia. Algunos nativos me han dicho que, si cierras los ojos mientras habla mandarín, apenas puedes distinguir que se trata de un extranjero. Casi nada.Además, maneja con soltura el chino clásico y hace una tesis sobre alquimia interior taoísta, por lo que no solamente conoce el idioma, sino la cultura tradicional china. Es un gusto, en los días que corren, encontrarse con alguien que no estudia lenguas mayoritarias para hacer negocios…

El caso es que Luis, que también practica Taichiquan desde hace años, acaba de publicar, en la editorial Alas, la traducción de un clásico moderno sobre el tema. Se llama Taichi Tueishou, y el autor es Wang Fengmin (en chino, el apellido primero, no lo olvidéis), un maestro de las artes marciales internas. Cinco ediciones en cuatro años, lleva el librito en cuestión en China, así que si estáis interesados en aprender a mover vuestra energía o Qi, comprar este libro será un acierto seguro.

Lo dicho. Me encanta tener amigos que aportan su esfuerzo al enriquecimiento de la cultura española. Es un orgullo para mí poder recomendaros sus libros. Ninguno de los dos, estoy seguro, os decepcionará. ¡Compradlos!

Reflexiones sobre el Otro

 

 

 

 

 

 

 

Si últimamente escribo poco en el blog es, entre otras cosas, porque estoy leyendo libros estupendos. Creo que esa es una de las mejores cosas de la literatura: que nunca se acaban las obras interesantes. Dos de esos libros coinciden en el tema: cómo enfrentarse, en esta postmodernidad globalizada, al Otro.

El primero, Encuentro con el Otro, es una recopilación de conferencias del periodista polaco Ryszard Capuscinsky, que dedicó toda su vida profesional a temas relacionados con el Tercer Mundo. Me lo recomendó un amigo que, a su vez, ha tenido y tiene una relación importante con la misma realidad y que ha necesitado aprender a reflejar su identidad en la de otras personas –personitas, por ahora, aunque crecen rápido y con fuerza–, pues ha adoptado niños de otros continentes. El segundo, El miedo a los bárbaros, del búlgaro Tzvetan Todorov, es una crítica implacable al discurso de miedo y odio de los líderes islamistas y occidentales, una llamada a la reflexión prudente y a la desactivación de las realidades que producen la espiral de violencia absurda en la que nos hallamos.

Dos ideas me han interesado especialmente del libro de Capuscinsky. La primera, que necesitamos al Otro para conocernos a nosotros mismos. La segunda, proveniente, por lo visto, de un sacerdote y filósofo también polaco y apellidado Tischner, es que la única salida a este mundo embrollado de odio no es solamente aceptar al Otro, sino responsabilizarnos de él porque sí, por premisa ética. Toma idea potente. Tomad banqueros, FMI, líderes mundiales, tomemos todos. He aquí una idea radical: encontrarse con alguien diferente, sobre todo si lo está pasando mal, si está sólo, lejos de los suyos, perdido, y decirle: no te preocupes más, yo cuido de ti. Eres mi responsabilidad y no voy a abandonarte.

Del libro de Todorov, menos sentimental y personal, pero muy penetrante desde un punto de vista intelectual intenta, me quedo con una idea también importante: las culturas estancas no existen, porque mueren si detienen su crecimiento. Todos nosotros somos una mezcla viva, cambiante, de diversas culturas. Los ciudadanos de a pie manejamos ese magma que es nuestra identidad, compleja y poliédrica, con comodidad, sin aspavientos.

Y es verdad. En mi opinión son determinados políticos –incluyo en esta categoría a los líderes religiosos– los que quieren obligarnos a elegir, los que nos piden que amputemos una parte de nosotros si queremos considerarnos “puros” españoles, gallegos o cristianos. Por lo tanto, es absurdo deducir los rasgos de nuestras personalidades individuales de la pertenencia a una cultura o a una nación, decir: “los gallegos somos así”, “los chinos son asá”, porque siempre, en cada persona, hay otros factores que cuentan, que la enriquecen, que la hacen Individuo, es decir, un ser único. Dice Todorov:

Podemos admitir la necesidad de hablar de culturas sin caer en los errores del “culturalismo”, en la deducción de todos los rasgos del individuo en función de su pertenencia cultural, como hacía el racismo en el pasado.

Capuscinsky está completamente de acuerdo con esta idea, y comparar también racismo con culturalismo –el culturalismo de los nacionalismos, en particular–. Dice, hablando de su Otro, del Otro que ha hallado en sus viajes:

Al igual que el racismo, el nacionalismo es un instrumento de identificación y clasificación que mi Otro emplea en todas las ocasiones que se le presentan. Se trata de un instrumento primario, primitivo, que achata y superficializa la imagen del otro, pues para el nacionalista el Otro no tiene sino un único rasgo: su adscripción a una nación. No importa si es joven o viejo, tonto o sabio, bueno o malo; sólo importa una cosa: si es armenio o turco, inglés o irlandés, marroquí o argelino. Cuando vivo en aquel mundo de nacionalismos exacerbados, no tengo nombre, ni profesión, ni edad; no soy más que un polaco. (…) El rasgo más peligroso del nacionalismo es que a él va indisolublemente unido el odio hacia el Otro. La dosis de ese odio puede variar, pero su concurrencia es segura.

No os enfadéis aún: como veis, el autor habla del nacionalismo exacerbado. Es todo una cuestión de grado, y a título individual los nacionalistas pueden no odiar ni un poquito al Otro. Como doctrina, como movimiento cultural, que aspira a crear opinión ese odio sí está presente: en Rosalía, en Risco, en Pondal, y en toda la literatura nacionalista española –y en la de cualquier otro país– existe ese reduccionismo de la identidad del Otro al factor nacional, de la interpretación de su identidad al hecho de que son de otro lugar diferente.

Por supuesto, odiar al Otro no significa odiar a todos los Otros. Normalmente con uno o dos es suficiente. Suelen ser nuestros vecinos, y eso provoca paradojas como las que ya discutimos sobre Castelao, que defendía a los negros del terrible racismo de la sociedad estadounidense de la época, pero hablaba con desprecio venenoso de la impureza racial de los españoles.

El caso es que, con el papelón que tenemos montado en el mundo –países invadidos sin motivo, guerras auspiciadas por multinacionales, consumismo irresponsable que causa millones de niños esclavos, líderes apelando a la destrucción del otro y demonizando a todos aquellos que trabajan por su integración, infinitos flujos migratorios de los más pobres hacia los más ricos, y una crisis económica que, como muy bien dice mi padre, es en realidad una crisis de valores– tenemos que abandonar el discurso reduccionista y desconfiado sobre el Otro. Y sí, responsabilizarnos de él, aunque suene utópico. Del que vemos y del que no vemos.

Les recomiendo que lean ambos libros. A mí me ha dado esperanza comprobar que existen intelectuales de primer orden que ponen su mente y se experiencia al servicio de las soluciones pacíficas. Que nos todos son bushes, orianas fallacis, pondales y pemanes. Que hay quien distingue entre cultura y culturalismo, y que propone que avancemos unos hacia otros con la seguridad que nos da nuestra pertenencia a un colectivo, con amor y respeto por nuestra cultura, pero dispuestos a escuchar al Otro , a entender su riqueza y su complejidad.

Para cerrar, quisiera citar un párrafo precioso en el que Capuscinsky se pregunta sobre los desafíos de la futura convivencia y cita,  a su vez, a uno de mis escritores favoritos: Joseph Conrad:

¿Quién será ese nuevo Otro? ¿Cómo transcurrirá nuestro encuentro? ¿Qué cosas nos diremos? ¿En qué lengua? ¿Sabremos escucharnos? ¿Sabremos entendernos? ¿Sabremos, entre los dos, seguir aquello que –en palabras de Joseph Conrad– “habla de nuestra capacidad de alegria y de admiración, dirígese al sentimiento del misterio que rodea nuestras vidas, a nuestro sentido de la piedad, de la belleza y del dolor, al sentimiento que nos vinvula con toda la creación; y a la convicción sutil, pero invencible, de la solidaridad que une la soledad de innumerables corazones: a esa solidaridad en los sueños, en el placer, en la tristeza, en los anhelos, en las ilusiones, en la esperanza y el temor, que relaciona cada hombre con su prójimo y mancomuna a toda la humanidad, los muertos con los vivos, y los vivos con aquellos que aún han de nacer”?

Ojalá que sí.

 

 

¿Casualidades?

Os voy a contar una historia auténtica, aunque esté lejos de parecerlo. Empieza hace cosa de un año, cuando yo vivía en China y mi novia –ahora ex– trabajaba en Taipei y se alojaba en casa de su hermana. Cada vez que podía me escapaba a verla, claro, y me dejaba el dinero y la salud en uno de esos larguísimos viajes que me llevaban de Dalian a Seul y de allí a Taiwán. Mi ex novia, su hermana y su cuñado trabajaban diez horas al día, y yo me quedaba en aquel piso de un suburbio de Taipei, a veinte minutos de la ciudad por la autopista. Eran días aburridos, que me pasaba leyendo, paseando por el barrio o metido en una cafetería, escribiendo tonterías.

Vino después el trabajo en Taiwán, el verano de preparativos, la ilusión de vivir por fin cerca, la llegada a Taichung y el estrepitoso fracaso de la relación –meses de confusión, de estrechez y de miedo– que desembocó en la ruptura definitiva el día de Navidad de 2008. Vuelvo a España de vacaciones, regreso otra vez a Taiwán, conozco a una chica de Taipei –amigos solamente, mal pensados– quedo con ella un fin de semana aprovechando una reunión de profesores españoles, me enseña la ciudad, cenamos, y me pide que, antes del café, la acompañe un momentito a su casa, que necesita cambiarse de ropa –ha ido a la cena directamente desde el trabajo–. Acepto, entro en su Wolswagen  rojo, ella conduce, conduce, conduce, –llueve, y no veo hacia dónde– hasta que llegamos a nuestro destino. Aparca, salimos, y le digo que mientras ella sube yo voy al 7 Eleven a compra chicles. Entonces un hombre, apoyado en la puerta de una cafetería, me saluda efusivamente. Le reconozco: es el camarero que me servía el té mientras yo escribía tonterías esperando a que mi novia saliera del trabajo… El portal ante el que hemos parado es –redoble– aquel en el que viven la hermana de mi ex y su marido.

No miento, lo juro. Regreso a Taipei por primera vez desde la ruptura, y la chica con la que quedo me lleva a la puerta del edificio donde mi ex y yo vivimos los últimos buenos momentos –y de paso los primeros malos, que ya preludiaban el catastrófico final– de nuestra relación. ¿Casualidad? ¿Causalidad?

Me sucede esto mientras leo a Jung, que considera que este tipo de fenómenos son propios de la mente. y la mar de normales. Sincronicidad, los llama, y los define –más o menos– como la coincidencia de un suceso psíquico y uno físico, externo a la mente. Como si la psique tuviera la capacidad de actuar sobre el exterior, provocando un suceso que represente o coincida con lo que está teniendo lugar en el interior de nuestros cocos. No me parece un disparate. Al fin y al cabo, ¿Qué posibilidades hay de que en una ciudad de millones de habitantes, rodeada de un extrarradio de otros cuantos millones, como es Taipei, mi recién conocida amiga viva en el edificio donde mi novia residió un año y donde yo he dormido las tres o cuatro veces que vine a visitarla?

Allí, precisamente, dio comienzo otra sincronicidad que terminó también el 25 de diciembre de 2008, cuando mi ex me dejó. Ella me había comprado, pocos meses después de conocernos, un precioso reloj que no he dejado de ponerme un sólo día desde entonces. Coincidió el regalo con nuestra primera despedida, antes de que ella volviera a Taiwán. Recuerdo que fue entonces cuando decidimos seguir adelante a pesar de la distancia. En una de mis visitas a Taipei el año pasado, su padre me puso en una situación poco agradable y ella, por un instante, lo apoyó. Esa misma noche, cuando yo creía de veras que todo estaba a punto de terminar, la correa del reloj se rompió y éste cayó al suelo. Se paró por una hora, y después, milagrosamente, volvió a funcionar.

El 24 de diciembre de 2008 cené con mi novia. El reloj se detuvo durante la comida. Al día siguiente, el 25, terminó la relación. ¿Qué posibilidades hay de que su regalo haya marcado con tanta precisión, pero por casualidad, las dos grandes crisis –mortal, la última– de nuestra historia?

Vaya usted a saber: yo no soy de los que se aferra a una cifra con un cero delante de la coma solamente por miedo a barajar posibilidades poco ortodoxas. Después de todo, ¿Quién sabe de qué es capaz la mente en momentos de tensión? El caso es que, aquella noche de lluvia en Taipei, yo estaba con una chica pero pensaba en otra, y la otra me condujo a la casa –¡millones de habitantes!– en la que la una y yo habíamos compartido buenos y malos momentos.

El reloj, desde el día de Navidad, está guardado en un cajoncito, con fotos y otros recuerdos. No da señales de volver a funcionar.