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Comprando casco

Hace unos días fui a una tienda de cascos para hacerme con uno nuevo, más grande, más duro y más ajustado, porque me dijo mi amigo M., que ya lleva muchos kilómetros recorridos por las carreteras de Taiwán, que el mío me estaba flojo y que en un frenazo fuerte corría el riesgo de perderlo. De sabios es hacer caso a quien entiende, así que me acerqué a la tienda más grande que conozco y me pasé un buen rato eligiendo casco. No es fácil, no se crean. Si no, miren qué variedad y qué fantasía…

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Con brillo y sin brillo, modernos y clásicos, adultos e infantiles, grandes y pequeños… La variedad de cascos en Taiwán es  apabullante. Basta echar un vistazo alrededor cuando se para uno en un semáforo. Las posibilidades son infinitas, y las tendencias cambian con frecuencia.

Yo, como le corresponde a un profesor formal y maduro -32 tacos la próxima semana-, me decidí por uno negro con visera oscura. Clásico, discreto, elegante, eterno. Como yo -menos lo de eterno, aaaaaaaaay, 32 tacos la próxima semana, ¿se lo había dicho?-

Una vez el elegido el casco, recordé qué llevaba tienpo buscando una pegatina de la bandera taiwanesa, para ponérsela a la moto. Me acerqué al expositor, alegre y despreocupado… Y me encontré con este panorama:

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La bandera italiana, la alemana, la estadounidense, la japonesa, la esvástica nazi, la canadiense… ¿¿LA ESVÁSTICA NAZI?? Miro y remiro, porque en un país lleno de budistas bien pueden mis ancianos ojos -32 años la próxima semana- haber confundido la esvástica india con la versión nacionalsocialista… Bandera roja, circulito blanco, brazos girando en la dirección de las agujas del reloj, aspas inclinadas… Pues sí, la esvástica nazi… Nada que ver con esta otra que suele adornar la entrada de los restaurantes vegetarianos:

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Jjjjolines… Al principio es difícil de digerir, pero termino por recordar que vivo a muchos miles de kilómetros de mi eurocéntrico ombligo. En España, la bandera imperial japonesa –que por cierto, está también entre las pegatinas, manda narices– se asocia inmediatamente a la pañoleta de Daniel San en Karate Kid, y nadie se acuerda del porrón de millones de chinos que mataron los nipones en la Segunda Guerra Mundial… Y hablando de China, ¿no es esa bandera roja con cinco estrellas la de la República Popular China, oséase la China comunista, la China continental, la archienemiga de los taiwaneses –tienen tropecientos lanzamisiles apuntándonos–? Pues sí que es, sí.

Qué libertad de adorno, qué poca escandalera. Aquí en Taiwán puede uno lucir en su moto los emblemas de varios regímenes totalitarios y criminales, incluido el de aquel que mantiene sobre los ciudadanos de la isla una constante amenza de invasión, y no pasa nada. Cosa de la moda, no de la mala fe de los motoristas, eso que quede claro. Después de remirar, me rindo:  no está la bandera nacional. Me dice la dependienta -después algo de confusión y mucho dibujito– que pronto llegará una nueva remesa –Hitler, Hirohito y Mao mediante– y que me pase a por mi democrática pegatina en una semana.

Seguro que se ha pensado que soy un blando y una nenaza.

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