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McCourt, el profesor

Acabo de terminar de leerme El profesor, de Frank McCourt, ese que venía leyendo en el avión. Muy bien escrito, nos introduce a golpe de anécdotas llenas de significado en el mundo de un profesor de enseñanza secundaria en la ciudad de Nueva York. El autor, irlandés y apaleado, hombre de vida poco convencional, ajeno a lo que su entorno consideraba una carrera exitosa, vivó una constante pelea de enamorado con la enseñanza.

Y quizás sea lo más interesante del libro esa pasión, auténtica y profunda, que desborda la mera anécdota. A pesar del distanciamiento que dan la edad y los años de experiencia, a pesar de las malas pasadas, los momentos difíciles, la frustración, el autor escribe sobre sus alumnos con amor. Sí, como lo oyen: McCourt reconoce querer a sus alumnos.

Y me alegro de que lo diga con sinceridad, porque en un mundo, como el de la docencia, llena de miedosillos que se hacen profesores por el sueldito fijo y las horas libres, es de agradecer encontrar una voz que, sin ñoñería, apuesta por una labor vocacional, por la entrega, por el único modo de enseñar respetando de verdad al alumnado, a la institución y, por supuesto, a uno mismo. Algo que se da de bofetadas, claramente, con la figura del funcionariado docente que prevalece en la educación española. El estado aspira a que todos los profesores sean gorditos satisfechos, vaguetes que lean lo menos posibles y que se dediquen a repetir, durante toda su vida profesional, los apuntes -conseguidos con enorme sufrimiento y muchos colorines para subrayar- de la carrera. Gracias a Dios, a veces se les cuela alguien decente. Pocas, pero pueden cambiar la vida de un niño.

Quisiera compartir con ustedes un fragmento. McCourt se encuentra, diez años después, con un alumno rebelde, molestón, graciosete. Se da la siguiente conversación:

Hizo una pausa y se me quedó mirando.

-Señor McCourt, a usted no le caía bien, ¿verdad?

-¿Que no me caías bien, Bob? ¿Estás de broma? Era una alegría tenerte en mi clase. Jonathan decía que ahuyentabas la tristeza.

Díselo, McCourt, dile la verdad. Cuéntale cómo te alegraba los días, cómo hablabas de él a tus amigos, lo original que era, cómo admirabas su estilo, su buen humor, su sinceridad, su valor, cómo habrías vendido el alma a cambio de tener un hijo como él. Y dile lo hermoso que era y que es en todos los sentidos, cuánto lo querías entonces y cuánto lo quieres ahora. Díselo.

Se lo dije, y se quedó sin habla, y a mí me importaba una maldición gitana lo que pensara la gente que pasaba por Lower Broadway cuando nos vieran fundidos en un largo abrazo, el profesor de secundaria y el grandullón judío afiliado a los futuros Granjeros de América.

¡Hermoso un alumno! Ya veo alguno de esos profesores de secundaria de los que hablaba antes, esos que ya tenían el alma mansa y opositora en la guardería (cuidado que no los meto a todos en el mismo saco), piafar, darse codazos, llamar pringado al señor McCourt, porque en su opinión el alumno es un ser incómodo que se interpone entre ellos y el sueldo, entre ellos y el sofá, entre ellos y las posesiones terrenales -coches, casas…- y el gustito que tenerlas por doce horas de nada a la semana.

Pues hay alumnos hermosos –por supuesto no todos– personas radiantes de juventud y de inocencia, y es bonito que por un año o dos formen parte de tu vida. Y no hablo de los alumnos excelentes, de los que quieren aprender y escuchan cada una de tus palabras, porque de esos hay muy pocos y no bastan para darle sentido a la labor de un profesor motivado. Hablo también de aquellos que están despistados, que no saben qué quieren hacer de su vida, que van a tu clase porque hay que ir, y se aburren. Me gusta verles con cara de sueño, bostezando, riéndose de ti porque llevas la camisa mal abrochada, con las ojeras violetas después de una noche interminable de karaoke. Aunque a veces me enfade, me frustre, me desespere, porque la enseñanza es un trabajo difícil, y hay alumnos que pueden hacerte sentir realmente mal.

Encuentro en ellos, supongo, algo muy sutil y muy frágil, algo que mucha gente de mi edad ha perdido por el camino. Algo que el señor McCourt tenía todavía a los sesenta y pico, cuando escribió su libro. Algo que hace que los típicos amigos formalotes aprieten los labios y hablen de madurez y de responsabilidad. Puede que sea infantil, pero uno de mis objetivos vitales en mantenerme lejos del escepticismo todo lo que pueda, llegar a los 80 y ser capaz de apostar por la gente, de querer a un alumno, y de decirlo.

Así que sí, quiero a mis alumnos. Cuando llego a una clase nueva por primera vez tengo siempre un nudo en el estómago, y si no es nueva el nudo es más grande todavía. Acaba el verano y tengo ganas de verles, y me gustaría saber chino para preguntarles qué tal ha ido todo, cómo se lo han pasado. Me encanta que me escriban en el Facebook, que me manden un email años después de dejar la universidad, que me inviten a tomar un café, que aprueben después de suspender y vengan a enseñarme la nota y a darme las gracias por algo que es mérito suyo, que se pongan contentos cuando pueden mantener una pequeña conversación en español conmigo, que cotilleen sobre mi vida privada, que me digan que he engordado y que me toquen el pelo porque lo tengo rizado, que me pierdan –un poco– el respeto y que hagan bromas a mi costa. Es parte de la docencia, de lo que tanta felicidad me dio cuando yo era un estudiante, del aprendizaje de la vida.

La semana pasada, E., una alumna muy distraída y muy vaga, pero muy divertida, que consiguió aprobar en el último momento, vino después de la primera clase a recordarme que le prometí invitarla a comer en la universidad si sacaba más de un seis.

Y pago la apuesta feliz de haber perdido.

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Un profesor en un avión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribo desde el aeropuerto de Hong Kong. Despedida oficial del verano, y de un diario que, no me engaño, ha dado poco de sí. Los últimos días en Madrid han sido una locura, como siempre: mucha gente que ver y poco tiempo. Aun así he conseguido ver a mi hermana Sara –fácil, siempre me quedo en su casa–, visitar a mis primos Vicente y Maite y a su hija recién nacida Teresita, visitar en mi cole a Ángel Rodríguez, mi ex profe de literatura y, el último día, desayunar con Jose Luis, comer con Carlos, tomar el café con Alejandro, cenar con Mónica y Silvia y otro café más con Crispi antes de hacer las maletas y dormir dos horas para después coger en Barajas el primero de tres aviones.

Los dos vuelos que por ahora llevo han sido tranquilos. Otra cosa ha sido el cambio de avión en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, que es, de lejos, el peor de todos los que he visitado. No solamente por las colas kilométricas en los pasos de seguridad, sino porque los trabajadores con los que me he encontrado han sido de lo más antipático. La de los pasaportes, negra; el del cacheo, indio o pakistaní; caucásica la de las bandejitas… Todos bordes. “Bienvenidos al Charles de Gaulle, donde todas las razas olvidan sonreir.” Una gozada.

He visto, en vuelo, la película La clase, sobre un profesor de lengua y literatura francesas en un instituto conflictivo de París. Interesante. Nada que ver con la típica historia, tan sobada por el cine americano, de profe guay que se gana a sus alumnos malotes y los convierte en poetas o bailarines o músicos y da sentido a sus vidas. Aquí el profesor se cabrea, pierde los papeles, insulta a los alumnos… Lo pasa mal, vamos, y enseña también las uñas y las impefecciones, y los miedos y las vilezas que todos llevamos dentro, y sobre todo la inseguridad que un tío que se sabe observado por cuarenta personas que juegan siempre a buscar sus límites.

Da la casualidad, además, de que estoy empezando a leer El profesor, de Frank McCourt, donde el autor de la archileída novela Las cenizas de Ángela habla de sus 30 años como profesor de lengua y literatura inglesas en los institutos de Nueva York. Los primeros capítulos son interesantes –veremos si no se repite demasiado, que aún queda mucho libro–. Incide también en lo decepcionante que puede llegar a resultar la docencia, lo frustrante que es entusiasmarse enseñando y chocar constamente con el muro de la desmotivación y la indiferencia del alumnado. Tanto la peli como el libro me han recordado lo afortunado que soy por ser profesor en Taiwán, donde los chavales son, por lo general, muy agradables.

Eso que suena es el aviso de embarque de mi vuelo. Hoy no soy profesor, sino habitante de los aeropuertos, así que tengo que hacer caso de las voces. Madre mía, un minuto y la cola ya se ha puesto imposible.

¡Feliz inicio de curso a todos!

 

 

Nochebuena infantil

El día 24 fue miércoles, el día de la semana más completito: tengo dos horas de gramática con los chicos de segundo año y dos de pragmática con los de máster -ya veis que no me mato–. Como era un día especial decidí enseñarles un poco de cultura española y devolverlos por un par de horas a la infancia. Preparé un programa de juegos de calle españoles: el pañuelo, el manga, media manga, manga entera, el stop, las cuatro esquinas, etc., y me los saqué un campito que hay en la Universidad –tuve, por cierto, que reservarlo, madre mía si hubiera que reservar los campitos para las sangrías en las universidades españolas–.

Con los estudiantes de máster todo fue rodado: son solamente 15, ya mayores –unos 23 ó 24 de media– y la mayoría de ellos ha vivido en España o algún país de Latinoamérica, así que dejaron el proverbial pudor asiático a un lado y se entregaron a tope. No conocían los juegos, y nos reímos mucho.

Con los alumnos de gramática, después de comer, fue un poquito más difícil: para empezar, son 70 y tienen 19 años de media. Ya os podréis imaginar el follón para explicarles las instrucciones de los juegos –su español es, lógicamente, peor que el de los chicos del máster– y lo que me costó que algunos de ellos aparcaran el pavo que tienen encima; a esas edades todavía se rechaza lo infantil, porque está aún demasiado cercano. Hubo más pereza y más vergüencilla, pero acabamos rompiendo el hielo y pasándolo bien –al menos la mayoría– gracias, como siempre, al grupo de alumnos y alumnas positivos que suelen tirar de la clase cuando las cosas se ponen difíciles. Si sois profesores sabréis de quién os hablo: ese puñadito que responde cuando se hace el silencio, que se esfuerza por comprender todas tus palabras, que jamás pone una mala cara y que te sostiene con la mirada en los frecuentes momentos de vacío que se producen en clase.

A cambio, los chavales me enseñaron algunos juegos taiwaneses. En uno de ellos yo era una gallina y tenía que evitar que un águila cogiera a mis pollitos, que estaban detrás de mí en fila india. Es divertido, y si no os lo creéis, mirad nuestras caras:

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No es por presumir, pero Adela –el águila– no pudo robarme ni un pollito. Acabé reventado –fueron 4 horas de recreo a tope– pero doy la clase por bien empleada: aprendieron cultura española, hablaron español, se divirtieron y nos conocimos todos un poco mejor, cosa siempre importantísima, sobre todo en una clase de setenta personas.

Por cierto, Héctor fue de nuevo el fotógrafo oficial del evento. Un tío majo, Héctor.

Las dos notitas

A veces es difícil explicar en un blog, a gente que nunca ha estado en Asia, la relación que se entabla entre profesores y alumnos aquí. Si por un lado los chavales son tímidos, cohibidos, poco participativos, por otro son capaces de ser, a su manera, muy cariñosos.

Estos últimos días he vivido los dos extremos. El lunes, mientras daba clase de gramática a los chicos de segundo, una de las alumnas de la primera fila me pasó una notita con mi nombre. La abrí, y decía lo siguiente: “¿Podría repetir imperativo y indicativo a nosotros?” Ningún problema en hacerlo, por mi parte, excepto por una razón: ni en aquella clase, ni en las dos anteriores, había explicado el uso del imperativo y el indicativo.

Temiendo que el alumno o alumna que escribió la nota se refiriera a otra cosa, pregunté quién era el autor. Pues por mucho que les aseguré que nadie debía sentirse avergonzado por preguntar, que mi trabajo es ayudarles aunque pregunten mil veces, que es imposible aprender sin dudar y sin preguntar, no hubo manera de que me lo dijeran. No tuve más remedio, claro, que seguir con a clase.

Pero si hasta ese extremo pueden llegar a ser tímidos, pueden ser tan majetes que cuesta creerlo. Acabo de abrir mi correo electrónico y me he encontrado con un email de una alumna de la misma clase. Es una muy chiquitita de las que se sienta al final, de las que nunca habla en clase, aunque  hace muy bien los ejercicios. Dice el email:

“Profesor Miguel. Me alegro de ser tu estudiante. Espero que pasemos un maravilloso tiempo. Feliz día del profesor.”

Así, sin venir a cuento. Un regalo inesperado, como son siempre los mejores. Uno llega a un nuevo país, a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo, y se encuentra con una clase llena de alumnos que no conoce. Tiene dudas, como no puede ser de otra manera: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Entienden lo que les digo? Y de repente, le llega este email, un lunes de tifón, anocheciendo.

Las dudas, claro está, no me las quita, pero me da una moral que no he tenido en semanas.

Con gente así, merece la pena hacer este trabajo.