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Un profesor en un avión

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escribo desde el aeropuerto de Hong Kong. Despedida oficial del verano, y de un diario que, no me engaño, ha dado poco de sí. Los últimos días en Madrid han sido una locura, como siempre: mucha gente que ver y poco tiempo. Aun así he conseguido ver a mi hermana Sara –fácil, siempre me quedo en su casa–, visitar a mis primos Vicente y Maite y a su hija recién nacida Teresita, visitar en mi cole a Ángel Rodríguez, mi ex profe de literatura y, el último día, desayunar con Jose Luis, comer con Carlos, tomar el café con Alejandro, cenar con Mónica y Silvia y otro café más con Crispi antes de hacer las maletas y dormir dos horas para después coger en Barajas el primero de tres aviones.

Los dos vuelos que por ahora llevo han sido tranquilos. Otra cosa ha sido el cambio de avión en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, que es, de lejos, el peor de todos los que he visitado. No solamente por las colas kilométricas en los pasos de seguridad, sino porque los trabajadores con los que me he encontrado han sido de lo más antipático. La de los pasaportes, negra; el del cacheo, indio o pakistaní; caucásica la de las bandejitas… Todos bordes. “Bienvenidos al Charles de Gaulle, donde todas las razas olvidan sonreir.” Una gozada.

He visto, en vuelo, la película La clase, sobre un profesor de lengua y literatura francesas en un instituto conflictivo de París. Interesante. Nada que ver con la típica historia, tan sobada por el cine americano, de profe guay que se gana a sus alumnos malotes y los convierte en poetas o bailarines o músicos y da sentido a sus vidas. Aquí el profesor se cabrea, pierde los papeles, insulta a los alumnos… Lo pasa mal, vamos, y enseña también las uñas y las impefecciones, y los miedos y las vilezas que todos llevamos dentro, y sobre todo la inseguridad que un tío que se sabe observado por cuarenta personas que juegan siempre a buscar sus límites.

Da la casualidad, además, de que estoy empezando a leer El profesor, de Frank McCourt, donde el autor de la archileída novela Las cenizas de Ángela habla de sus 30 años como profesor de lengua y literatura inglesas en los institutos de Nueva York. Los primeros capítulos son interesantes –veremos si no se repite demasiado, que aún queda mucho libro–. Incide también en lo decepcionante que puede llegar a resultar la docencia, lo frustrante que es entusiasmarse enseñando y chocar constamente con el muro de la desmotivación y la indiferencia del alumnado. Tanto la peli como el libro me han recordado lo afortunado que soy por ser profesor en Taiwán, donde los chavales son, por lo general, muy agradables.

Eso que suena es el aviso de embarque de mi vuelo. Hoy no soy profesor, sino habitante de los aeropuertos, así que tengo que hacer caso de las voces. Madre mía, un minuto y la cola ya se ha puesto imposible.

¡Feliz inicio de curso a todos!

 

 

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Nochebuena infantil

El día 24 fue miércoles, el día de la semana más completito: tengo dos horas de gramática con los chicos de segundo año y dos de pragmática con los de máster -ya veis que no me mato–. Como era un día especial decidí enseñarles un poco de cultura española y devolverlos por un par de horas a la infancia. Preparé un programa de juegos de calle españoles: el pañuelo, el manga, media manga, manga entera, el stop, las cuatro esquinas, etc., y me los saqué un campito que hay en la Universidad –tuve, por cierto, que reservarlo, madre mía si hubiera que reservar los campitos para las sangrías en las universidades españolas–.

Con los estudiantes de máster todo fue rodado: son solamente 15, ya mayores –unos 23 ó 24 de media– y la mayoría de ellos ha vivido en España o algún país de Latinoamérica, así que dejaron el proverbial pudor asiático a un lado y se entregaron a tope. No conocían los juegos, y nos reímos mucho.

Con los alumnos de gramática, después de comer, fue un poquito más difícil: para empezar, son 70 y tienen 19 años de media. Ya os podréis imaginar el follón para explicarles las instrucciones de los juegos –su español es, lógicamente, peor que el de los chicos del máster– y lo que me costó que algunos de ellos aparcaran el pavo que tienen encima; a esas edades todavía se rechaza lo infantil, porque está aún demasiado cercano. Hubo más pereza y más vergüencilla, pero acabamos rompiendo el hielo y pasándolo bien –al menos la mayoría– gracias, como siempre, al grupo de alumnos y alumnas positivos que suelen tirar de la clase cuando las cosas se ponen difíciles. Si sois profesores sabréis de quién os hablo: ese puñadito que responde cuando se hace el silencio, que se esfuerza por comprender todas tus palabras, que jamás pone una mala cara y que te sostiene con la mirada en los frecuentes momentos de vacío que se producen en clase.

A cambio, los chavales me enseñaron algunos juegos taiwaneses. En uno de ellos yo era una gallina y tenía que evitar que un águila cogiera a mis pollitos, que estaban detrás de mí en fila india. Es divertido, y si no os lo creéis, mirad nuestras caras:

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No es por presumir, pero Adela –el águila– no pudo robarme ni un pollito. Acabé reventado –fueron 4 horas de recreo a tope– pero doy la clase por bien empleada: aprendieron cultura española, hablaron español, se divirtieron y nos conocimos todos un poco mejor, cosa siempre importantísima, sobre todo en una clase de setenta personas.

Por cierto, Héctor fue de nuevo el fotógrafo oficial del evento. Un tío majo, Héctor.

De la juventud y la educación. Retorno a Brideshead

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leo Retorno a Brideshead, novela que recomiendo a todo aquel que disfrute, como yo, de ese esnobismo  tan gracioso de los ingleses. Cito lo que dice un sacerdote católico, personaje muy secundario en la trama:

 

“Lo malo de la educación moderna es que nunca se sabe hasta qué punto la gente es ignorante. Con personas de más de cincuenta años se pude adivinar con bastante exactitud qué se les ha enseñado y qué no. Pero estos jóvenes tienen una fachada muy informada, y luego, de repente, se quiebra la costra y se perciben profundidades de confusión que uno ni siquiera sospecharía que existieran.”

 

Recuerdo haber oído a mi abuelo reflexiones similares, y a mi padre también. Ahora soy yo quien pienso exactamente lo mismo de las nuevas generaciones de chavalitos internautas que han sustituído la lectura por la inmediatez un poco superficial y confusa de la Wikipedia, y a veces me desespero –y eso que soy muy consciente de mis propias lagunas–.

Sin embargo, ¿se trata de una sensación real? ¿Lleva la humanidad degenerando desde no se sabe qué Edad de Oro en la que los jóvenes eran ilustrados y juiciosos, o es un espejismo de la edad adulta que nos hace creer que las nuevas generaciones saben menos de lo que nosotros sabíamos?

¿Ustedes qué piensan?

Las dos notitas

A veces es difícil explicar en un blog, a gente que nunca ha estado en Asia, la relación que se entabla entre profesores y alumnos aquí. Si por un lado los chavales son tímidos, cohibidos, poco participativos, por otro son capaces de ser, a su manera, muy cariñosos.

Estos últimos días he vivido los dos extremos. El lunes, mientras daba clase de gramática a los chicos de segundo, una de las alumnas de la primera fila me pasó una notita con mi nombre. La abrí, y decía lo siguiente: “¿Podría repetir imperativo y indicativo a nosotros?” Ningún problema en hacerlo, por mi parte, excepto por una razón: ni en aquella clase, ni en las dos anteriores, había explicado el uso del imperativo y el indicativo.

Temiendo que el alumno o alumna que escribió la nota se refiriera a otra cosa, pregunté quién era el autor. Pues por mucho que les aseguré que nadie debía sentirse avergonzado por preguntar, que mi trabajo es ayudarles aunque pregunten mil veces, que es imposible aprender sin dudar y sin preguntar, no hubo manera de que me lo dijeran. No tuve más remedio, claro, que seguir con a clase.

Pero si hasta ese extremo pueden llegar a ser tímidos, pueden ser tan majetes que cuesta creerlo. Acabo de abrir mi correo electrónico y me he encontrado con un email de una alumna de la misma clase. Es una muy chiquitita de las que se sienta al final, de las que nunca habla en clase, aunque  hace muy bien los ejercicios. Dice el email:

“Profesor Miguel. Me alegro de ser tu estudiante. Espero que pasemos un maravilloso tiempo. Feliz día del profesor.”

Así, sin venir a cuento. Un regalo inesperado, como son siempre los mejores. Uno llega a un nuevo país, a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo, y se encuentra con una clase llena de alumnos que no conoce. Tiene dudas, como no puede ser de otra manera: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Entienden lo que les digo? Y de repente, le llega este email, un lunes de tifón, anocheciendo.

Las dudas, claro está, no me las quita, pero me da una moral que no he tenido en semanas.

Con gente así, merece la pena hacer este trabajo.