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Nochebuena infantil

El día 24 fue miércoles, el día de la semana más completito: tengo dos horas de gramática con los chicos de segundo año y dos de pragmática con los de máster -ya veis que no me mato–. Como era un día especial decidí enseñarles un poco de cultura española y devolverlos por un par de horas a la infancia. Preparé un programa de juegos de calle españoles: el pañuelo, el manga, media manga, manga entera, el stop, las cuatro esquinas, etc., y me los saqué un campito que hay en la Universidad –tuve, por cierto, que reservarlo, madre mía si hubiera que reservar los campitos para las sangrías en las universidades españolas–.

Con los estudiantes de máster todo fue rodado: son solamente 15, ya mayores –unos 23 ó 24 de media– y la mayoría de ellos ha vivido en España o algún país de Latinoamérica, así que dejaron el proverbial pudor asiático a un lado y se entregaron a tope. No conocían los juegos, y nos reímos mucho.

Con los alumnos de gramática, después de comer, fue un poquito más difícil: para empezar, son 70 y tienen 19 años de media. Ya os podréis imaginar el follón para explicarles las instrucciones de los juegos –su español es, lógicamente, peor que el de los chicos del máster– y lo que me costó que algunos de ellos aparcaran el pavo que tienen encima; a esas edades todavía se rechaza lo infantil, porque está aún demasiado cercano. Hubo más pereza y más vergüencilla, pero acabamos rompiendo el hielo y pasándolo bien –al menos la mayoría– gracias, como siempre, al grupo de alumnos y alumnas positivos que suelen tirar de la clase cuando las cosas se ponen difíciles. Si sois profesores sabréis de quién os hablo: ese puñadito que responde cuando se hace el silencio, que se esfuerza por comprender todas tus palabras, que jamás pone una mala cara y que te sostiene con la mirada en los frecuentes momentos de vacío que se producen en clase.

A cambio, los chavales me enseñaron algunos juegos taiwaneses. En uno de ellos yo era una gallina y tenía que evitar que un águila cogiera a mis pollitos, que estaban detrás de mí en fila india. Es divertido, y si no os lo creéis, mirad nuestras caras:

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No es por presumir, pero Adela –el águila– no pudo robarme ni un pollito. Acabé reventado –fueron 4 horas de recreo a tope– pero doy la clase por bien empleada: aprendieron cultura española, hablaron español, se divirtieron y nos conocimos todos un poco mejor, cosa siempre importantísima, sobre todo en una clase de setenta personas.

Por cierto, Héctor fue de nuevo el fotógrafo oficial del evento. Un tío majo, Héctor.

Las dos notitas

A veces es difícil explicar en un blog, a gente que nunca ha estado en Asia, la relación que se entabla entre profesores y alumnos aquí. Si por un lado los chavales son tímidos, cohibidos, poco participativos, por otro son capaces de ser, a su manera, muy cariñosos.

Estos últimos días he vivido los dos extremos. El lunes, mientras daba clase de gramática a los chicos de segundo, una de las alumnas de la primera fila me pasó una notita con mi nombre. La abrí, y decía lo siguiente: “¿Podría repetir imperativo y indicativo a nosotros?” Ningún problema en hacerlo, por mi parte, excepto por una razón: ni en aquella clase, ni en las dos anteriores, había explicado el uso del imperativo y el indicativo.

Temiendo que el alumno o alumna que escribió la nota se refiriera a otra cosa, pregunté quién era el autor. Pues por mucho que les aseguré que nadie debía sentirse avergonzado por preguntar, que mi trabajo es ayudarles aunque pregunten mil veces, que es imposible aprender sin dudar y sin preguntar, no hubo manera de que me lo dijeran. No tuve más remedio, claro, que seguir con a clase.

Pero si hasta ese extremo pueden llegar a ser tímidos, pueden ser tan majetes que cuesta creerlo. Acabo de abrir mi correo electrónico y me he encontrado con un email de una alumna de la misma clase. Es una muy chiquitita de las que se sienta al final, de las que nunca habla en clase, aunque  hace muy bien los ejercicios. Dice el email:

“Profesor Miguel. Me alegro de ser tu estudiante. Espero que pasemos un maravilloso tiempo. Feliz día del profesor.”

Así, sin venir a cuento. Un regalo inesperado, como son siempre los mejores. Uno llega a un nuevo país, a una nueva ciudad, a un nuevo trabajo, y se encuentra con una clase llena de alumnos que no conoce. Tiene dudas, como no puede ser de otra manera: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Entienden lo que les digo? Y de repente, le llega este email, un lunes de tifón, anocheciendo.

Las dudas, claro está, no me las quita, pero me da una moral que no he tenido en semanas.

Con gente así, merece la pena hacer este trabajo.