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Un karaoke de cortarse las venas

La semana pasada fui al karaoke con mi novia y sus compañeros de trabajo. Cualquiera que haya asistido alguna vez a un bar con karaoke en España tendrá una idea de como funcionan los garitos del ramo: catorce amigotes borrachos cantando Duncan Dhu con un solo micrófono, temas dedicados a las rubias de la mesa de enfrente, algún solterón alcoholizado que se marca una de Nino Bravo porque está convencido de que canta bien. Y eso es todo. Ah no, también penumbra y neones.

Pues nada que ver con lo que es un karaoke en Taiwán. Para empezar, aquí son inmensos –no de un bar cutre y oscuro– y laberínticos: el pasillo de entrada se ramifica en pequeños corredores que van a dar a habitaciones privadas. Uno pide la comida y la bebida –más de la segunda que de la primera– y canta solamente con sus amigos, delante de un pantallón de pantalla plana, mientras se atiborra a cerveza y a mil marranadas riquísimas para picar.

Pero lo que más diferencia el karaoke taiwanés del español es el espíritu  de las canciones seleccionadas: sin en España predomina el afán de fiesta, con alguna incursión, como ya señalamos, en el mundo del virtuosismo vocal –Nino Bravo, Diango, Camilo Sesto–, en Taiwán prefieren las canciones que invitan al suicidio.

No vean ustedes lo mal que lo pasé. La canción española que más se acerca a lo que viví durante ahoras en el karaoke de Taipei es Se le apagó la luz, aquella terrible historia de Alejandro Sanz en la que la novia del protagonista moría en un accidente de tráfico antes sus ojos arrasados en lágrimas –aunque yo siempre pensé que de lo que palmaba era de coma diabético, porque el disquito aquel era aun pelín azucarado–.

Durante más de dos horas, desfilaron ante mi atónita mirada videos de canciones pastelosas. En ninguna –NINGUNA, insisto– el/la cantante celebraba el amor recién encontrado. Todo, de cabo a rabo, rupturas de los más variados tipos: abandonos, cuernos, suicidios, accidentes de carretera –uno en aladelta también– enfermedades terminales… El video más bestia, uno que contaba la historia de una cieguita que se recuperaba. Mientras era ciega, había un chico que la quería mucho y le hacía fotos. Tras la exitosa operación que le devolvía la vista, ella corría a la casa de él y se encontraba con que ya estaba muerto. En las paredes, las fotos que le había hecho a la todavía cieguita, algunas manchadas de la sangre que el pobre fotografo enamorado derramaba a borbotones por la nariz en sus últimos días de vida.

La juerga padre. Ya me pueden imaginar allí, sin cantar, sin beber, comiéndome los pistachos con cáscara a ver si me atragantaba y flipando con el ambiente. Me extrañó que no trajeran cuchillas de afeitar para masticar durante el holocausto musical aquel.

La verdad, merece la pena vivir una experiencia como ésta. Es en esos momentos cuando uno comprende lo profundas que son las diferencias culturales entre pueblos. ¿Pueden los taiwaneses pasárselo bien así? Aunque no no entre en el melón a los españoles, pueden. Son testigos estos ojos míos que se han de comer los gusanos.

Lo mismo si insisto le cojo el punto y me entrego con desenfreno al desgarrado mundo del karaoke  taiwanés. Me río yo de las penas del flamenco.

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