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El efecto tropical

Está costando, esto de adaptarse a Taiwán. Pero si me paro a pensar los motivos de tal dificultad no consigo definirlos con exactidud –algunos sí, ciertamente, pero no son cosa para contarla en este blog-.

Sin embargo, acabo de comprender de un fogonazo uno de ellos. Les cuento. Una de las razones de mi aturdimiento a lo largo de estos últimos dos meses ha sido la sensación de que llevo aquí mucho menos tiempo del que en realidad llevo. De repente me sorprendo pensado cosas como la siguiente: “aún no tengo apenas amigos nuevos. Bueno, en realidad acabo de llegar, así que es normal… ¡Dios mío, pero si llevo aquí desde primeros de septiembre!”

Quizá las razones de este desfase entre el tiempo real y el psicológico se deban a muchas causas (qué puedo contarles que no dijera mi admiradísimo Marcel Proust, sobre el que estoy leyendo estos días un libro muy interesante del que hablaré pronto en el blog), pero una de ellas, de raíz más física que otra cosa, es, con seguridad, la siguiente: el clima apenas ha cambiado desde que llegué. Quitando los dos tifones, hechos aislados, el calor del ha comenzado a aflojar hace apenas unos días. ¡Hasta el diez de noviembre en camiseta!

En mi opinión, que el tiempo se parezca tanto al del verano me ha mantenido psicológicamente atado a esa estación. Es ahora que necesito, de golpe y porrazo, usar un jersey -ligero- cuando asumo físicamente el tiempo que ha pasado y puedo, por fin, ver algunos hechos en perspectiva. Y la verdad, siento la mente más clara y más ágil. Me sentia muy espeso después cinco meses de verano -yo, que siempre he vivido en ciudades con las estaciones muy marcadas-.

Más vale tarde que nunca, así que hoy saludo al otoño con una alegría que no sentía desde hacía muchas semanas. Espero que su viento arrastre los pensamientos viejos como si fueran hojas y que su luz, más suave, me permita ver las cosas con otros ojos. ¡Todo cambio trae algo bueno si se sabe esperar y mirar sus efectos! Como dice Marco Aurelio, que siempre me ayuda en los malos momentos, en sus Meditaciones:

Conmigo casa todo lo que casa contigo, mundo. Nada me es prematuro ni tardío que sea para ti en sazón. Fruto es para mí todo lo que producen las estaciones, naturaleza. De ti todo, en ti todo, a ti todo.

Estupendo, ¿verdad? Si es que lo que no hayan dicho los clásicos… Nada mejor que leerlos cuando uno no se entiende a sí mismo. Si se lee buscando, muy bien, y si se lee por distracción… También: a veces en la evasión se encuentra uno con pistas inesperadas. Esto me recuerda al mayordomo de La piedra lunar, de Wilkie Collins (léanselo ya, por favor) quien, tuviera el problema que tuviera, encontraba la solución en las páginas de Moby Dick, que abría siempre al azar. Como hacen algunos cristianos con la Biblia, vamos.

Lo dicho. Disfruten de las estaciones, ustedes que las tienen. Yo pienso aprovechar cada segundo de este  otoño tardío y tardón. Con los nuevos amigos que encuentre, y también con los viejos, como Marco Aurelio y Marcel Proust.