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Los señores del tiempo

Nunca en mi vida había visto un junio y un julio como el que estamos viviendo en Dalian. En dos meses hemos tenido, y no exagero, cuatro días de sol. El cielo está siempre gris, la niebla es muy frecuente, y de vez en cuando descargan chaparrones que preocuparían hasta a Noé. El otro día no pude salir a cenar porque no había dónde poner el pie: toda Dalian se había convertido en un charco, como aquella Tenotchtitlán, o como Venecia, pero sin aztecas y sin góndolas.

“Bueno –piensa uno en un primer momento– el clima es así: imprevisible.” Pero es que estamos ya no a cuarenta de mayo, sino de junio, y andamos todavía con el sayo a cuestas. Uno, que es de tendencias apocalípticas, piensa en el cambio climático, en veranos sin sol y en glaciares derretidos, en una nueva Era Glacial provocada por la desaparición de la corriente del Golfo. Pero acabo agradeciendo que no haga el calorazo que hizo el año pasado y sigo con mis clases sin dedicarle más tiempo, porque no pueden descuidarse las obligaciones diarias solamente porque hace un tiempo que no se aclara nadie.

Entonces recuerdo haber leído en alguna parte algo sobre las Olimpiadas y la lluvia. Busco en internet, y bingo: el gobierno chino está manipulando el clima para asegurar el buen tiempo durante los Juegos. Cuentan, para ello, con diferentes métodos.

El primero de ellos es preventivo. Durante los meses previos al evento –es decir, ahora– bombardean las nubes con yoduro de plata. Así aumentan su conversación y provocar lluvias a tutiplén. De este modo consiguen que el aire se limpie –y hace buena falta, porque lo de la contaminación en Beijing va mucho más allá de lo que cualquiera de ustedes pueda imaginar–. Además, la descarga sistemática de lluvias hará, se supone, que durante los Juegos las nubes no den la tabarra.

El segundo de los métodos consiste en bombardear –siempre bombardear– con diatomita las mismas nubes a las que han ordeñado sin piedad durante los meses anteriores. La diatomita es, por lo visto, muy absorbente, y en el caso de que amenace chaparrón servirá para garantizar un espléndido sol sobre los estadios y piscinas de la capital.

La manipulación del clima no es una novedad, pero sí es la primera vez que yo puedo vivirla en directo. No me cabe duda de que el extraño verano dalianés se debe a las mañas climáticas del gobierno, y no puedo evitar sentir ciarta aprensión. Ya les dije que tiendo a ser apocalíptico, y me pregunto si disfrutar de un cielo azul durante las Olimpiadas justifica que andemos zurrándole a las nubes bombazos minerales que cambien sus ritmos, sus ciclos y sus cosas, de las que –lo sé, lo sé– no entiendo nada.

¿De verdad es tan grave que llueva en una maratón o en un partido de fútbol? ¿No ha sucedido ya en otras competiciones mundiales? ¿Están sentando los chinos un peligroso precedente y creando la necesidad –porque es una necesidad creada y boba– de que siempre que haya espectáculos tenga que brillar el sol? ¿Terminará Britney Spears por llevar de gira bombas de diatomita para que ninguna nube gris y cargada de tormentas se cargue, valga la redundancia, sus indispensables conciertos?

Y es que, ¿cómo se atreve el clima a condicionar así nuestras vidas? Tenemos derecho a disfrutar de una maratón a pleno sol. Somos los señores de la creación, al fin y al cabo.

Razones para oponerse al boicot olímpico

Mucha saliva, y más tinta, se está gastando en Occidente a causa de los Juegos Olímpicos de Beijing. Miles son las voces que, indignadas y en nombre de la causa tibetana, se alzan sin dudar un instante para exigir a los políticos que tomen cartas en el asunto olímpico.

Sin embargo, y después de pensarlo mucho, considero que el boicot a los Juegos no solamente sería una injusticia histórica, sino una acción absolutamente contraproducente. Por las siguientes razones:

1. La hipocresía de la medida. Hace cuatro años, cuando el COI convirtió a Beijing en sede de los Juegos Olímpicos, la situación de los derechos humanos en China era tan mala como ahora. Supongo que se escogió China como país anfitrión por múltiples razones –sería la más importante de ellas, si viviéramos en un mundo rosa en el que las Olimpiadas nada tienen que ver por la política, los logros deportivos del Gigante Asiático–, pero desde luego influyó el interés que los países occidentales tienen en dorarle la píldora a una potencia económica como la china. Si se consideraba intolerable la situación habría que haber protestado desde el principio, y no ahora que algunos de los principales protestones –aaaay, Sarkozy– viven momentos de gran impopularidad y pueden verse beneficiados por un golpe de mano efectista disfrazado de solidaridad. Creo que en esta ola de protestas hay también un deseo latente de darle a China en las narices, para que no se entusiasme. No lo neguemos, es un gesto muy nuestro.

2. La injusticia de la medida: por razones fáciles –y no tan fáciles– de comprender, los medios de comunicación europeos se han hartado de emitir imágenes de la represión policial contra los tibetanistas en países como India o Pakistán. Han puesto, sin embargo, mucho menos interés las escenas del vandalismo, injustificable a todas luces, de muchos tibetanos enervados que terminaron quemando las casas y los negocios de chinos inocentes que no tienen por qué pagar por la política de su gobierno. Se trata, simple y llanamente, de manipulación flagrante de la información y colaboración con una injusticia de tomo y lomo. China no tendrá derecho a reprimir a los tibetanos por sus creencias, pero sí lo tiene a detener y procesar a una banda de animales que ha destrozado la vida de muchas personas, llegando a matar a algunos pobres chinos que se ganaban la vida honradamente. Si nosotros esperamos de nuestros gobiernos que nos protejan de los violentos, ¿por qué pedimos a los chinos que se queden de manos cruzadas? Sin tortura ni pena de muerte, eso sí, pero que la justicia caiga sobre los asesinos, aunque tengan tan buena prensa comoen este caso.

3. Eso no lleva a otra razón contra el boicot. El gobienro chino estará en estos momentos torturando a algunos de los participantes en las manifestaciones de Tíbet, y eso es, a todas luces, inaceptable. Para muchos, es motivo suficiente para boicotear unos Juegos Olímpicos, pero… ¿Qué pasa con Guantánamo, Afganistán, Irak, y otros tantos desastres humanos en los que están implicados directamente gobiernos occidentales? ¿Dejaría Sarkozy de asistir a unas Olimpiadas en, por ejemplo, NY, por solidaridad con los presos de Guantánamo? Pues… O jugamos todos, o rompemos la baraja. Así de sencillo. Me parece muy mal que a los Chinos les tengamos en cuenta ciertas “medidas” que otros países pueden llevar a cabo sin consecuencias. ¿O son menos humanos los derechos de los presos irakíes solamente porque no se violan en terreno americano y los chinos sí lo hacen en su propia casa? Cómo gustan algunos políticos del arte del doble rasero…

4. Tampoco está bien que seamos más papistas que el papa. Mientras los protibetanos del mundo piden el boicot sin concesiones y el aislamiento internacional de la República China, el Dalai Lama, líder espiritual y terrenal en el exilio de Tíbet, pide moderación y apoyo a los Juegos, además de amenazar con dimitir si la violencia continúa. Sigamos su ejemplo y bajemos la voz. Siempre es más efectivo el diálogo que el insulto. ¿O es que ahora es Richard Gere quien lidera el movimiento independentista tibetano?

5. La ineficacia de la medida es otra de las razones que me lleva a oponerme al boicot. ¿Qué creen que sienten los chinos  –ya humillados por el colonialismo occidental hace siglos– cuando ven que un mundo que se abría a ellos para dejarles sitio, un mundo que infringe las mismas normas cuya violación ahora les echan en cara interesadamente, grita pidiendo que se anulen los Juegos Olímpicos, que son su puerta a la vida moderna, su puesta de largo ante el mundo occidental, la demostración de lo que son capaces de hacer? En mi opinión las Olimpiadas son una oportunidad única para que China acelere una apertura que ya es patente hoy en día, para que la convierta en una promesa en firme, en una línea de comportamiento definitiva hacia la libertad de expresión y la democracia. El boicot, sin embargo, puede provocar lo contrario de lo que pretende. Dejarles con la miel en los labios, premiarles con los Juegos y quitárselos a unos meses de su celebración serviría de excusa a los más radicales y decepcionaría a los moderados y aperturistas.

Luchar contra la violación de los derechos humanos es una cosa, y el boicot otra muy distinta. Quizá la protesta honrada sea la motivación de muchos de los que lo apoyan, pero cuando los gobiernos occidentales participan es muy difícil creer en la pureza de intenciones. Que boicotee el gobierno alemán a Bayern por auspiciar, a cambio de la explotación de las minas de tántalo, una guerrilla que devasta el centro de África desde hace décadas; que España investigue el deterioro del entorno de las tribus amazónicas causado por Repsol; que en Bégica esclarezcan de una vez lo que su rey Leopoldo hizo en el Congo.

¿China hace mal las cosas? Sí. Pero muchos otros países también, y a ellos no se les castiga en nombre del Bien de la Humanidad. Para que hablar –quizá en otros artículos– de la maldad inherente a organismos transnacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Todos tenemos defectos que mejorar, y creo que la celebración de los Juegos Olímpicos es una buena oportunidad para que China trabaje en los suyos.

Por todas estas razones, creo que no es justo, honrado ni efectivo boicotear los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.