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18 Taichung nightclub is a racist class-conscious and snob place.

I just arrived home from 18 Taichung night club. I’m so angry about what i experienced there i need to write it dow and share it with you. I was there with some taiwanese friends, guys and girls. We made all the queue. It was “lady’s night” , so girls were not paying. When some of my male friends tried to cross the door, the doorkeeper stopped them and told them the club was full, so they couldn’t go in without booking. The problem is 3 minutes later a group of foreigners (they were talking german, blond, blue eyes, good looking) went in.
Then I suddenly understood. I stopped one of them and ask him if they had a reservation. Do you guess what he answered? “NO”, of course. The german guys were using tshirt, old jeans and sport shoes, so their look was totally casual. Like my friends’. The difference? Germans are foreigners, laowai, and they look like people in the movies. My friends are not tall, they wear glasses, and they don’t try to look like a fashion stupid korean singer. Just normal nice people, too normal for 18 Taichung Nightclub, who only accept girls, foreigners, and some kind of taiwanese guys. The message is clear: It you are a foreigner, you are always cool, but if you are taiwanese, only sometimes (you are cool if you dress up like a New York hiphop singer, for example, but you are not cool if you don’t use DragonBall harstyle). So: 18 Taichung nightclub is a racist class-conscious and snob place.
Shame.
Here is their facebook group, if you want to check:

http://www.facebook.com/18Taichung

If you want to dance there, better be a girl, a foreigner or ask them advise for your look. The club is in Taichung, but they pretend to be in New York!

Not Taiwanese people or foreigners in Taiwan shouldn’t accept this.

Comprando casco

Hace unos días fui a una tienda de cascos para hacerme con uno nuevo, más grande, más duro y más ajustado, porque me dijo mi amigo M., que ya lleva muchos kilómetros recorridos por las carreteras de Taiwán, que el mío me estaba flojo y que en un frenazo fuerte corría el riesgo de perderlo. De sabios es hacer caso a quien entiende, así que me acerqué a la tienda más grande que conozco y me pasé un buen rato eligiendo casco. No es fácil, no se crean. Si no, miren qué variedad y qué fantasía…

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Con brillo y sin brillo, modernos y clásicos, adultos e infantiles, grandes y pequeños… La variedad de cascos en Taiwán es  apabullante. Basta echar un vistazo alrededor cuando se para uno en un semáforo. Las posibilidades son infinitas, y las tendencias cambian con frecuencia.

Yo, como le corresponde a un profesor formal y maduro -32 tacos la próxima semana-, me decidí por uno negro con visera oscura. Clásico, discreto, elegante, eterno. Como yo -menos lo de eterno, aaaaaaaaay, 32 tacos la próxima semana, ¿se lo había dicho?-

Una vez el elegido el casco, recordé qué llevaba tienpo buscando una pegatina de la bandera taiwanesa, para ponérsela a la moto. Me acerqué al expositor, alegre y despreocupado… Y me encontré con este panorama:

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La bandera italiana, la alemana, la estadounidense, la japonesa, la esvástica nazi, la canadiense… ¿¿LA ESVÁSTICA NAZI?? Miro y remiro, porque en un país lleno de budistas bien pueden mis ancianos ojos -32 años la próxima semana- haber confundido la esvástica india con la versión nacionalsocialista… Bandera roja, circulito blanco, brazos girando en la dirección de las agujas del reloj, aspas inclinadas… Pues sí, la esvástica nazi… Nada que ver con esta otra que suele adornar la entrada de los restaurantes vegetarianos:

sushi

Jjjjolines… Al principio es difícil de digerir, pero termino por recordar que vivo a muchos miles de kilómetros de mi eurocéntrico ombligo. En España, la bandera imperial japonesa –que por cierto, está también entre las pegatinas, manda narices– se asocia inmediatamente a la pañoleta de Daniel San en Karate Kid, y nadie se acuerda del porrón de millones de chinos que mataron los nipones en la Segunda Guerra Mundial… Y hablando de China, ¿no es esa bandera roja con cinco estrellas la de la República Popular China, oséase la China comunista, la China continental, la archienemiga de los taiwaneses –tienen tropecientos lanzamisiles apuntándonos–? Pues sí que es, sí.

Qué libertad de adorno, qué poca escandalera. Aquí en Taiwán puede uno lucir en su moto los emblemas de varios regímenes totalitarios y criminales, incluido el de aquel que mantiene sobre los ciudadanos de la isla una constante amenza de invasión, y no pasa nada. Cosa de la moda, no de la mala fe de los motoristas, eso que quede claro. Después de remirar, me rindo:  no está la bandera nacional. Me dice la dependienta -después algo de confusión y mucho dibujito– que pronto llegará una nueva remesa –Hitler, Hirohito y Mao mediante– y que me pase a por mi democrática pegatina en una semana.

Seguro que se ha pensado que soy un blando y una nenaza.

Regreso a Taichung

Viernes, 13 de febrero:

6’30: me levanto.

7’30: autobús 201 desde Avenida de América hasta la Terminal 2 de Barajas.

10’30: despega el vuelo KL 1700 desde Madrid.

13’20: aterrizamos en el aeropuerto de Schiphol, Amsterdam.

15’15: despega el vuelo KL 887 desde Amsterdam.

Sábado, 14 de febrero

2’30: aterrizamos en el aeropuerto de Hong Kong (hora local: 9’30 del 14 de febrero).

4’30: despega el vuelo CI 904 desde Hong Kong (hora local: 11’30).

6’05: aterrizamos en el aeropuerto de Taipei (hora local: 13’05).

7’00: arranca el autobús que nos lleva desde el aeropuerto de Taipei hasta la estación de autobuses de Taichung (hora local: 14’00).

9’00: llegamos a la estación de autobús de Taichung (hora local: 16’00).

9’15: después de casi 27 horas de viaje, llego a una casa que aún no es hogar.

A Paco: gracias por ser tan buen amigo y compañero de viaje.

A mi Familia y a los amigos que vi: gracias por ser tan buenos conmigo. Ha sido estupendo veros. Espero volver pronto, quizás para siempre.

A los amigos que no pude ver: sigo pensando en vosotros y llevándoos en mi corazón. La próxima vez será.

¡Y mañana, clase!

Autorretrato taiwanés

dsci1978-11 He aquí mi nuevo yo, mi versión mejorada, la interpretación taiwanesa de Miguel Salas Díaz.

De esta guisa recorro las atestadas calles de Taichung, subido en una bicicleta toda luz -reflectantes, tecnología LED, focos halógenos, lo que sea para que los coches me vean de lejos-.

Ya le he ido cogiendo el truco a esto del pedaleo y, pasadas las primeras semanas de fatiga, he de reconocer que no está del todo mal, así que pospongo la idea de comprar una moto, como todos los buenos taichungueses -unos seres interesantes, estos taichungueses, ya iremos adentrándonos en su psicología, o por lo menos en lo poco que me dejan entrever…-.

Repasemos mi atuendo: casco y máscara.

El casco, claro está, es por si me caigo, porque si me embiste un coche de poco me va a servir. Está hecho de corcho, y no creo que aguante el impacto tras quince o veinte metros de vuelo libre. Crucemos los dedos. Hay que decir, en favor de los conductores taichungueses, que no son especialmente amigos de la velocidad. Desordenados son un rato, eso sí, pero corren poco.

En cuanto a la máscara, quizás recuerden ustedes el brote de SARS que hubo hace… Cinco años, creo. Se trata de las mismas que usaban para protegerse del contagio. Ahora las usan para ir en moto, y como soy fiel al refranero -siempre te proporciona una frase que justifique tus actos- me apliqué aquello de “a donde fueres haz lo que vieres”. No creo que me proteja de la contaminación, pero me hace decididamente más interesante. Quizás pueda intentar eso de ligar en los semáforos, ¿quién sabe lo que se puede conseguir con un guiño? Esperar ante el disco rojo puede llegar a unir mucho a dos biciclistas rodeados del peligro rugiente de los coches…

En fin, que aquí les dejo el reflejo de mi nueva imagen: adaptarse o morir. ¡O morir adaptado, por lo menos!