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El tifón y la luna

El sábado pasado fue el festival de la luna. Es una tradición china –yo ya he vivido dos en Dalian–. Se comen uns pastelitos que tienen pocos admiradores entre los occidentales, porque son de sabores un poco difíciles para nuestros paladares –agunos están rellenos de huevo, o de judía roja, pero son a la vez dulces–. Yo no los como porque todos llevan ingredientes que no puedo tomar, aunque me he enterado de que en algunos hornos los fabrican para veganos –ya hablaré de ello en otra entrada, pero en Taiwán hay muchísimos vegetarianos por motivos religiosos–.

Como en Dalian, La universidad ha regalado a cada profesor una caja con pasteles de la luna. Sin embargo, los de este años han sido fabricados en la propia universidad, en el departamento de nutrición –parece que hay posibles–. Ha sido curioso ver los típicos pastelitos, pero esta vez con el logotipo de la universidad en relieve sobre la masa horneadita y tostada. ¡Qué pena no haberles hecho fotos antes de repartirlos en el departamento!

Sin embargo, este año el festival de la luna ha sido especial a causa de un tifón proveniente de las costas de Okinawa. Aunque ha sido muy duro en otra partes del país –desgraciadamente, han muerto siete personas–, en Taichung ha sido solamente un poco más fuerte que un buen temporal a la gallega: jarreo de lluvia durante tres días, y vientos esos de los que tiran las ramas más viejas de los árboles y levantan las olas hasta que se parecen a enormes barbas blancas.

La gente, a pesar de todo, no ha renunciado a su tradicional barcacoa. Sentados en cajas de plástico boca abajo y en banquetillas han tomado los garajes, las calles con soportales y los lugares con toldo para darse un festín nocturno de carne, chorizo y calamares a la brasa. Un dato curioso: aquí no acompañan la carne con pan, sino que la envuelven en hojas grandes de lechuga, lo que me ha dado la oportunidad de disfrutar a mí también de una barbacoa a pesar de mi vegetarianismo. Las caras de la familia de mi novia eran un poema al verme en cuclillas, como un taiwanés cualquiera, comiendo lechuga a palo seco.

¿Habéis comido aguna vez lechuga cruda, sin aliñar? De primeras parece la comida más sosa del mundo, pero si se mastica bien, veinte o veinticinco veces, la lechuga sabe dulcísima y refresca mucho. Es algo que nos perdemos cuando la engullimos untada en aceite y vinagre –que también está buenísima, no me malinterpreteis–.

En fin, que con la luna en el cielo y el tifón en la tierra hemos pasado un  buen fin de semana, comprando bajo la lluvia algunas cosas para mi nueva casa, que ya va pareciéndose a un hogar –más o menos–.

De regalo, la foto de un pastelillo de la luna que he encontrado en internet.

¡Feliz festival de la luna, amigos!

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